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"Un mundo roto", segundo premio de narrativa corta

Fue escrito por José Miguel Trujillo González

UN MUNDO ROTO…

José Miguel Trujillo González

No es arriba ni abajo, ni delante ni detrás, ni dentro ni fuera sólo sé que soy. Estoy aquí, sí, en algo de color blanco como la nieve, ¿quizás una nube?, y digo esto porque soy un angelito negro como el carbón. Lo de angelito es porque tengo entendido que los niños cuando se mueren son angelitos y lo de negro porque soy africano, negro retinto, dicen
algunos. No me pregunten donde estoy, por lo visto en el cielo, pero no sé si es arriba o abajo. Lo cierto es que estoy muy bien, tranquilo y con mucha paz, en ese deseado equilibrio entre alma, espíritu y cuerpo… Me miman mucho por estos lugares, al igual que cuando estaba entre ustedes, en la Tierra. Pero aquí, tengo que reconocer que es diferente, soy propietario de mi vida y artífice de mi felicidad, ya no vivo según lo que otros quieren o tratan de imponer.

Todo estaba roto o por lo menos empezando a romperse. Elegí nacer antes de tiempo, ese era mi sino, con tan sólo 29 semanas en un lugar del mundo mal llamado tercer mundo. No recuerdo muy bien como fue el embarazo de la mujer que me llevó en su cuerpo durante todo este tiempo. Digo “la mujer”, porque nunca le dije mamá. Bueno, miento, lo hice aquel día que salí de mi cuerpo físico. Ya les contaré más adelante sobre este tema. El parto de esa mujer, o sea, mi nacimiento se produjo una mañana de las de siempre, en un lugar en el que la vida era como siempre. Recuerdo a esa mujer gritando como una loca que había roto aguas, que el niño venía, que no podía ser, que todavía era pronto para nacer. Sin embargo, yo estaba preparado, alguien o algo me empujaba para que saliera por una luz que había al final de un túnel. Cuando esa mujer llegó al único consultorio que había a más de 35 kilómetros a la redonda y que hacía las veces de
hospital, de consultas, de paritorio, de quirófano, de comedor social, de mercado…. todos decían que era muy pronto para nacer, que las posibilidades de vivir eran muy escasas, que no tenían el material adecuado y un montón de cosas más que prefiero no recordar.

Fue un 5 de febrero de hace ya 4 años, en una mañana cualquiera, de las de siempre, calurosa y húmeda cuando llegué al mundo. Un mundo roto. Recuerdo el frío cuando salí de esa mujer, el olor a lejía, la potente luz que me alumbraba, el ruido, mucho ruido; gente hablando de cosas rarísimas en un idioma que no entendía, el ruido del instrumental médico, el ruido de una puerta que se abría y cerraba constantemente, los gritos de la mujer que me traía al mundo, el ruido de los cristales de la vieja ventana del consultorio, donde en el marco pintado de azul añil y carcomido habían dos perenquén que miraban con unos ojos enormes la escena, me imagino que ya acostumbrados a tales espectáculos y el ruido del después de todo, el que hace el silencio.

Lo que no olvidaré nunca serán las grandes y agrietadas manos de una mujer diminuta que me secó y luego me envolvió en una manta. Era la matrona del consultorio. Rápidamente le enseñó mi cara a esa mujer y luego me llevó a otra sala. De ahí no recuerdo nada, sólo que me dormí en un estupendo y placentero sueño. Era una bendición después de todo lo que había sucedido.

Cuando desperté estaba en otro lugar, en otro país. Por lo visto, estaba en el primer mundo. Mi mundo ya estaba roto, solo, sin esa mujer, sin nadie que me dijera cosas bonitas, que me quisiera, que me diera un amor cálido y real.

Durante mis cuatro años de vida, mi casa fue el hospital. Un hospital moderno y mis cuidadoras, mujeres y hombres todos vestidos iguales, de blanco. Todavía hoy me pregunto el motivo de ir vestidos así. En este tiempo escuché decir que estaba ciego y sordo, que tenía una cabeza muy pequeña y casi no había cerebro, que los ventrículos estaban dilatados y  comía por una sonda conectada a un orificio en el estómago, que sería un pobre desgraciado. En definitiva, que no sería un niño normal, que viviría poco tiempo y con mala calidad de vida. Todos los días de este mundo roto alguien se acercaba a mí y mientras me acariciaba la cabeza o me cogía de una mano me decía; tan pequeño y tanto sufrimiento, sin madre que te quiera, mejor que Dios te lleve a otro lugar, (que creo yo que es donde estoy ahora, por la tranquilad y paz que se respira).

Esas personas que me cuidaban eran mis enfermeras, (ellas decían; yo hoy llevo al niño del 77, que es el número de mi cuna, por tanto yo también me apropié de ellas). Me trataban bien, estaba limpio, vestido y comido, me cogían en brazos, me hacían mimos y carantoñas y también muchas veces me hacían cosas que me dolían pero a la vez me decían que era para ponerme bueno. Siempre estaban pendientes, les oía decir que era su niño. Eso me tranquilizaba pero en algún lugar de mi esencia saltaba la chispa y me recordaba que mi mundo estaba roto. El corazón se aceleraba y recorría por toda mi piel
una sensación de objetiva bondad amorosa que me parecía lejanamente familiar.

Pronto descubrí cómo iba a hacer mi corta vida; un niño cuidado y mimado por todos pero querido por nadie, y lo peor, mi familia sería el Estado, un gobierno del primer mundo. No entendía nada, de nada.

Durante mi estancia aprendí a no protestar cuando las enfermeras estaban muy ocupadas con otros niños y también a observarlas; cómo trabajaban, sus rutinas, como se relacionaban con los niños y sus familiares, entre ellas, sus problemas personales. En definitiva, como era su vida personal y profesional. Fue un aprendizaje en una atmósfera de mutuo respeto, aunque siempre ellas eran las que mandaban.

Como era tanto el tiempo que pasaba sentado en el carrito al lado del control de enfermería, supuestamente viendo la televisión con un canal de dibujos animados y eso que según los médicos era ciego y sordo. Me fui dibujando en mi pequeño cerebro lo que era una enfermera y en ocasiones como me gustaría que fuesen mis enfermeras. Decidí
intencionadamente hacer un estudio de investigación; el control de enfermería y las enfermeras serían mi objeto de estudio, era un auténtico trabajo de campo. Empecé a tener una visión diferente, las veía desde abajo, de espalda, de frente, arrodilladas, contentas, tristes y enfadadas, por la mañana, por la tarde y por la noche, las tocaba, su olor… A veces, solo veía los pantalones blancos del uniforme, unos planchados inmaculados y otros arrugados, sus zapatos, las patas de las cunas, el cubo de la limpieza, el carro de la comida, los niños que ponían junto a mí llorando porque sus
madres no estaban, los más variopintos familiares de los otros niños… Todo un universo de colores y formas. Me sentía afortunado como investigador pues tenía una gran cantidad de variables que analizar y sacar luego mis conclusiones. (Y eso que habían dicho que tenía un retraso mental severo).

A pesar de todas estas pequeñas, pero para mí grandes cosas que hacían que mi vida en el hospital fuese más entretenida, yo sentía y cada vez con más fuerza que mi mundo estaba roto.Una tarde apareció una mujer preguntando por el niño de la cama 77, enseguida conocí aquella voz, era ella, la mujer que me había traído a este mundo. Me pregunté por qué había venido ahora a verme, después de casi cuatro años sin saber de mi existencia. Mi enfermera la acompañó hasta donde yo estaba y con un tono de voz compasivo le dijo que yo era su hijo. Durante un buen rato me miró fijamente a la cara,
varias lágrimas cayeron por su mejilla negra brillante, no me tocaba. Fue mi enfermera la que insistió en que me acariciara y me cogiera en brazos, varias veces le tuvo que decir que yo era su hijo. Ese día por fin pude comprobar en mi propia piel que aquella mujer y yo teníamos el mismo mundo, éramos iguales, los mismos gestos, la misma sonrisa, el
mismo olor y color de piel, las mismas alegrías pero no las mismas tristezas, ella ocultaba algo. El rato que estuve en sus brazos fue placentero y cálido pero también lo era cuando estaba con una de mis enfermeras, no había nada de especial, excepto aquella sensación de amorosa bondad. Esa noche no pude dormir, pensaba en cómo había sido la tarde con aquella mujer, me reprochaba el comportamiento que había tenido, la distancia que me había marcado, con lo fácil que habría sido fundirme en sus brazos y llenarme de amor verdadero. Como el insomnio se apoderaba de mí y desde la habitación no podía ver el cielo para contar las estrellas aproveché las horas y las invertí en mi estudio de
investigación. Así fueron muchas noches, primero pensando en esa mujer y luego analizando y estudiando variables.

En las noches, imaginaba a mi enfermera como una persona que me cuidaba, no sólo a mi cuerpo sino a todo mi Ser y las interacciones con el entorno, que en el hospital eran muchas, y ello me hacía vivir procesos de salud, muchos deseados pero otros muchos no. Quería que mis enfermeras fueran artistas y creadoras de su ciencia, autónomas para tomar decisiones respecto al cuidado que me tenían que dar. Que las respuestas que muchas veces di ante una situación de salud, (y mira que viví muchos procesos que afectaron a todas las esferas de mi vida), fuesen su centro de atención. En muchas ocasiones les pedía a gritos que mi persona, mi entorno y mi proceso de salud eran lo importante, que me vieran como un niño con una manera de vivir y desarrollarme en un espacio. ¡Pero no!, ellas se empeñaban en verme como una enfermedad y un par de antibióticos… Siempre lo arreglaban diciendo que esto lo hacían para que me pusiese bueno. Yo les contestaba a mi manera, que por qué no me preguntaban; yo quería ser un niño libre de escoger el significado para cada situación, vivir la experiencia de mi vida. Imaginaba a mi enfermera acompañándome en mi proceso, a mi lado, en un compromiso verdadero, tomándose el tiempo necesario para escuchar, observar y apoyarme, simplemente les pedía que estuviesen conmigo. Pero eso no entraba en el plan que ellas y los otros se habían propuesto para mí sin mí.

Esa mujer a la cual las enfermeras llamaban mi madre, venía a visitarme varias veces al mes, siempre hacía lo mismo; me miraba, lloraba, me cogía en brazos y me hablaba en un idioma que yo no entendía con la razón pero sí con el corazón. Me contaba cosas del país del tercer mundo donde yo había nacido, de las costumbres, de mi familia de aquí y de allí, del dolor que había pasado por no estar junto a mí, de lo pobre que era y lo mal que la había tratado la vida. Todas las tardes que vino a visitarme, siempre le hacía la misma pregunta y ella rehusaba contestarla, inmediatamente me ponía en la cuna y se despedía hasta otro día. Tenía que averiguar de una vez por todo porqué mi mundo estaba roto, era ya lo único que me faltaba saber para poder irme de este cuerpo físico, (había oído decir a los médicos que como cogiera otra infección no lo contaba). Por tanto, el tiempo se agotaba; no tenía respuesta a mi pregunta por parte de esa mujer y de la investigación me faltaba el análisis de los resultados y las conclusiones. Tenía que darme prisa, el tiempo era un factor que nunca había tenido en cuenta pero ahora apuraba más que nunca.

La semana antes de pillar mi última infección, (y digo la última, porque por una vez, el médico había dicho una verdad; la bacteria pudo más que yo o quizás yo tomé la decisión de decir, se acabó, misión cumplida en este mundo), fue dura, no por el tratamiento al que me vi nuevamente forzado ni porque mis enfermeras estuvieran tristes, sino por el doble esfuerzo de investigación que tuve que hacer. Por un lado, antes de marcharme quería dejarles a mis enfermeras los resultados de la investigación y por otro, esa mujer que era mi madre tenía un secreto que contarme, era algo del alma, profundo, que alteraba su existencia.

Naci un 5 de febrero de 2007 y volé a no sé donde en forma de angelito negro el 5 de octubre de 2011. Así se lo dijo mi enfermera de guardia de la mañana a las demás enfermeras de los otros turnos. Además, dijo que me fui tranquilo y que morí en los brazos de mi madre. Y lo dijo bien, esa mujer llegó minutos antes de yo marcharme, abatida por el dolor y llorando me cogió en sus brazos y me apretó contra su alma rota. Por última vez le hice la pregunta de siempre, de corazón a corazón. Con una dulzura y calor inusual en ella me dijo; fuiste una semilla envenenada dentro de mí, fui violada por varios hombres, desde que supe de tú existencia en mi matriz te maldije y nunca fuiste querido. Sólo te pido que me perdones. Una vez oída las palabras entendí mi mundo roto, pero también el suyo. Cerré los ojos, esbocé una sincera sonrisa y dije; descansa mamá yo ya lo hago.

Con todo el ajetreo del día de mi muerte no les pude decir a mis enfermeras los resultados de la investigación. Pero como lo prometido es deuda, he contactado con una editorial aquí, en este lugar de no sé dónde y han publicado los resultados del trabajo en formato papel y electrónico. El título del trabajo es; “El pensamiento enfermero analizado por un angelito negro”. Editorial San Pedro. Vía Láctea 2011.

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