“En una hora y cuarto en el ambulatorio ponía hasta setenta inyecciones”

“En una hora y cuarto en el ambulatorio ponía hasta setenta inyecciones”

Manuel Vallecillo Alemán está a punto de cumplir noventa años. Es toda una referencia en la zona del Puerto y de Las Canteras de su ciudad natal, Las Palmas de Gran Canaria. Mantiene la cordura, la mesura, la agilidad y el sentido del humor que siempre le han caracterizado. También conserva intactos sus recuerdos de los muchos años que estuvo como practicante. Quedamos con él en la avenida de Las Canteras. Podríamos decir por tanto que quedamos en su entorno, pero nos quedaríamos cortos. Quienes se tropiezan con Vallecillo mientras hablamos en una terraza lo saludan y lo tratan como tratarían a un padre o a un abuelo. Por tanto podríamos decir que se encuentra en su casa, en el lugar que hizo suyo a fuerza de entrega, dedicación y un amor sin límites a su trabajo como practicante.

Manuel Vallecillo nos cuenta que siempre quiso ser practicante, “pero me cogió el alzamiento de 1936 con 18 años y me mandaron a Ceuta, donde estuve tres años, y luego a Larache, donde estuve destinado otros dos, aunque siempre en el Cuerpo de Sanidad, trabajando en el Hospital Militar”. Tuvo que esperar un par de años más para poder trasladarse a Cádiz a cumplimentar los exámenes que le acreditaran como practicante. En 1943 volvió a Las Palmas, y sobre la marcha lo destinan a Tafira, “pero la suerte quiso que un compañero mío, Galván, quisiera trabajar allí, y por tanto cambiamos el puesto y yo me vine desde un primer momento al ambulatorio de la calle 29 de abril, donde al poco tiempo pude afianzar la plaza y donde estuve trabajando casi cuarenta años”.

Desde el ambulatorio de la zona de Santa Catalina, Vallecillo abarcaba Las Canteras, Las Torres, parte de Alcaravaneras y de La Isleta o Guanarteme, y además se encargaba de los pacientes de la Seguridad Social y de la Beneficencia. Y junto a ellos habría que contabilizar los servicios que llevaba a cabo desde el ámbito privado. Para hacer todo eso tenía que empezar a las ocho de la mañana y terminar, cuando terminaba, a las nueve de la noche. “En una hora y cuarto en el ambulatorio-recuerda-ponía hasta setenta inyecciones”. Entre las zonas más difíciles y complicadas que recorría a diario estaban las Cuevas de Martinón, en la salida de la actual carretera del Norte. “Cuando iba-rememora- salía todo lleno de pulgas”.

Iba a todas partes en bicicleta, y de hecho esa es la imagen que tienen muchos vecinos de la zona de Las Canteras de Vallecillo. Tuvo seis hijos, y uno de ellos Manuel Vallecillo Santana siguió sus pasos y ejerció durante muchos años como enfermero y fisioterapeuta. Pero su atención a la familia se veía mermada muchas veces por la responsabilidad de su quehacer diario. “Cuando poníamos la penicilina a veces nos quedábamos a dormir en casa de los enfermos, o si no, recuerdo que me quedaba durante horas sentado en el muro de Las Canteras por la noche esperando que llegara el momento del siguiente pinchazo: teníamos que pinchar cada tres horas, y si fallábamos la penicilina no surtía ningún efecto”.

Vallecillo no es amigo de dar consejos, pero sí que recomienda responsabilidad y ganas de ayudar a los demás a todos los enfermeros que empiezan a ejercer a profesión en estos días. También, durante esos años, Vallecillo ejerció como enfermero de empresa en La Favorita, La Fosforera y la marca de cigarrillos Rumbo. Y también se acuerda de que fue la profesión quien le dejó a él: “un buen día llegué a trabajar al Centro de Salud y me dijeron que estaba jubilado y que me tenía que quedar en casa: si no me lo dicen yo hubiera seguido haciendo lo que me gustaba toda la vida”.

Tras su jubilación, no se vino abajo ni se encerró en casa. Probablemente buena parte de su agilidad y su cordura se deban a sus paseos matinales por Las Canteras. “Si está bueno el día-explica- me voy por la orilla caminando y al final me acabo dando un baño en La Puntilla, y en caso de que esté malo-prosigue-lo que hago es andar por la avenida para no perder la forma física ni dejar de ver a los amigos”. 

Durante su recorrido diario, Vallecillo no para de saludar conocidos que en su día fueron niños a los que él les ponía las inyecciones. “Hay algunos-cuenta irónico-, que hoy en día son médicos o enfermeros, que cuando eran niños se escondían debajo de la cama cada vez que me veían aparecer con la jeringuilla”.  Vallecillo transmite  armonía en cada una de sus palabras. Probablemente su longevidad tenga mucho que ver con esa serenidad de su carácter y de su forma de tomarse la vida.