“Las pupilas de Julia” obtuvo el tercer premio del Concurso de narrativa del Colegio

“Las pupilas de Julia” obtuvo el tercer premio del Concurso de narrativa del Colegio

LAS PUPILAS DE JULIA

     Se abren las puertas del ascensor y ya huele a café. A veces creo que los hospitales no huelen a antisépticos sino a café. Llego a la Unidad y me cruzo en el pasillo con Sofía. Es la compañera con más edad de la unidad, pero a veces parece la más joven, su rostro ha ido adquiriendo la belleza que la sabiduría esculpe en los rostros, pero su mirada es la de una niña de cinco años, ella se sigue asombrando por cada pequeño detalle que ocurre a su alrededor. Ayer estuvimos hablando sobre una charla que quiere que imparta acerca de los cuidados de enfermería en el paciente que sufre un traumatismo craneoencefálico. Hace seis años que finalicé  mi carrera de Enfermería, y es la primera charla que voy a dar aún a mi pesar. Me he visto obligada ante la insistencia de Sofía, la docente de la unidad. Ha organizado un curso de cuidados de enfermería, y al final ante tanta insistencia me he dejado convencer. Este es mi primer curso como docente. La admiro como profesional, debe de rondar los sesenta años y todavía tiene fuerzas para embaucarnos Ella dice que pertenece a otro siglo, y es verdad. Parece una soñadora, pertenece a ese grupo de personas que pretendieron algún día cambiar el mundo, y se tuvieron que conformar al final con que el mundo no les cambiara a ellas. Físicamente no tiene ninguna cualidad por la que destaque, pero su fuerza interna suple todas aquellas supuestas carencias. “La belleza es una maldición”, ha comentado en varias ocasiones. Es algo taciturna, y está convencida de que el conocimiento, el fuego que robó Prometeo a los dioses, es el virus más poderoso que conoce el ser humano, una vez que se apodera de ti, es una droga que pide todos los días su dosis.

      El día de hoy ha sido agotador, pero a la vez he sentido la satisfacción de ejercer mi profesión. Es un sentimiento difícil de explicar. No me ocurre todos los días, yo diría que realmente sólo lo he experimentado en varias ocasiones a lo largo de estos años de trabajo. Hoy se fue de alta Julia. Ingresó hace seis meses por un accidente de moto en cuidados intensivos. Al mes fue dada de alta a nuestra planta, venía muy triste, con la sensación y ánimo de aquellos que han comprendido que después del accidente su vida ha cambiado para siempre, y realmente ellos no quisieron ese cambio. Su novio, que conducía la moto, murió en el accidente delante de sus ojos, sus pupilas conservaron todo el mundo que les había unido durante tantos años. La primera mirada que nos cruzamos fue como mirar al abismo de la soledad, sus ojos eran los de una muñeca rota, inexpresivos, y a la vez aterradores. Su mirada pedía que la dejaran en paz, que la ayudaran a dejar este mundo para siempre, para reunirse con él. Ese milisegundo en que se encontraron nuestros mundos fue suficiente para abrir en mi mente, no se que puerta, ni que habitación, pero en mi mente estaban ya esos ojos esperando a que fueran reconocidos, encontrados, impactados. La primera conversación con ella fue trivial, así es el lenguaje humano, no somos capaces de expresar casi nada con el lenguaje que quiere comprender lo inefable. Le cogí la muñeca, débil, sin fuerzas, para tomarle el pulso, pero el que se aceleró fue el mío y no el de ella, 67 pulsaciones por minutos, pero el mío iba a más de ciento cincuenta. Cuando cerré la puerta de la habitación, supe que algo había pasado. Nos enseñan en la escuela a mantener la distancia con los pacientes y sus familiares,  no debemos implicarnos con cada uno de nuestros pacientes, ya que si hacemos nuestras cada una de sus historias acabamos “quemados” en poco tiempo. La empatía no es posible si no queremos disolvernos en el sufrimiento de todos nuestros pacientes. Por ello es necesaria una distancia, al igual que es necesario ese humor macabro y esa trivialidad con la que nos defendemos de nuestra triste vida,  y tras la que nos parapetamos para poder seguir realizando nuestro trabajo. Sin embargo, a veces, estas murallas ceden y es imposible que el huracán de los sentimientos no nos remuevan todas y cada una de nuestras células. Julia había entrado en mi vida, silenciosamente, despacio, para quedarse para siempre, sin que ninguna de las dos lo evitásemos. Cada día que iba a valorar sus pupilas, veía el reflejo de mi alma en sus negras pupilas, iban creciendo día a día, como mi alma y la suya. Yo sabía que jamás me abandonarían esas pupilas, ni aún cuando se fuera de alta. Los meses que estuvo ingresada Julia fueron los meses más difíciles de mi vida. Mi vida personal se estaba deshaciendo por aquella máxima de que cuando las cosas van mal tienen la extraña propiedad de siempre poder ir peor. La vida no puede planearse, ni la felicidad buscarse, pero, en aquella época yo estaba empeñada en buscar soluciones al caos de mi vida. Las cosas pasaron por que en el fondo no tienen sentido, ni lo tienen por que tener. ¿Lo merecía? Era la pregunta que recurrentemente me hacía. Ahora sé la respuesta. No hay respuesta. Sé que Julia veía en mis pupilas aquel abismo que yo vi en los suyos cuando ingresó, y desde sus pupilas ligeramente anisocóricas y con reactividad lenta, me decían que siguiera luchando, como lo hacía ella desde su estado letárgico. Al final despertamos ambas a la vida a la vez, y nuestras almas quedaron unidas, sin palabras. Un beso final de despedida puso el último nudo de la cuerda.

     Son las once de la noche, por fin tengo algo de tiempo para mí. Ya he bañado a los niños, les hemos dado de cenar y acostado. Ahora tengo un par de minutos para poder despejarme la cabeza de todos los problemas diarios que acarrea una familia, las satisfacciones y el trabajo diario de un intento de convivencia. Me siento delante del  ordenador para ver por donde empiezo, conecto el pendriver. Abrí el archivo que me dejó Sofía, así se llama esta compañera, y por error se han grabado todos los archivos de sus documentos. Pensé en borrarlos inmediatamente, ya que son algo personal. Hay fotos, videos y múltiples documentos personales, pero me llamó la atención un archivo que tiene como icono un búho, se titula filosofía. Nunca estudié filosofía, ya que desapareció de los planes de estudio justo en el momento en que tenía que haberlo dado, y aunque posteriormente rectificaron y volvieron a incluirlos, pertenezco a esa generación que quedó ignorante de algo que algunos sesudos políticos consideraron trivial e innecesario. Los brazos de Morfeo que me rodeaban tuvieron la culpa de que abriera ese archivo, bueno, a alguien tenía que echarle la culpa, y no iba a ser a mí. Para mi sorpresa había unos cincuenta archivos, algunos con nombres conocidos pero de los que nunca había leído nada (Nietzsche, Platón, Gadamer, Lyotard, Freud, Marx, Kant,…) y había uno que se titulaba Julia, era mucha coincidencia para resistirme a abrir un archivo que parecía puesto para mí. Mi desilusión fue enorme ya  que el archivo iba dedicado a Julia, la madre de Sofía, pero el subtítulo era “Diario de una Supervisión”. Al principio creí que era un relato, basado en acontecimientos ficticios pero indagando y atando cabos me di cuenta que estaba basado en hechos reales. Sofía llevaba en la unidad treinta años aproximadamente, era asturiana y había llegado a Las Palmas por problemas de salud, decía ella, aunque se decía que fue por problemas personales de un turbio pasado. Comencé a leer el texto que parecía en principio lo que su título indicaba, un diario, pero en seguida me di cuenta de la enjundia de lo que allí se narraba. No sólo describía los acontecimientos que pasaron en un Hospital de Cantabria en la Unidad de Cuidados Intensivos, sino intentaba dar un sentido de lo que allí pasó. A las cinco de la noche la batería del ordenador cedió y con ella mis párpados.
     Comencé mi investigación de las posibilidades de verdad del relato encontrado, y aunque me costó enormemente, conseguí verificar los datos. Sofía había sido la Supervisora de esa Unidad en los años descritos en el relato. Su nombre completo era Lucía Sofía, y allí en ese hospital siempre se le conoció como Lucía, fue cuando vino a Las Palmas cuando cambió de nombre a Sofía. El relato pretendía ser un estudio de campo, pero con una visión más filosófica que antropológica de la situación, con unas hipótesis previas del trabajo que tuvieron que ser modificadas según fueron ocurriendo los hechos.  El texto tenía casi doscientas páginas, era la descripción de sus seis años de Supervisión en la Unidad, en ella se describían los sucesos ocurridos y los analizaba para poder intentar comprender al ser humano, que era el objeto de estudio. Al lado de las relaciones humanas que describía, estaban las relaciones políticas que se establecían entre los diferentes componentes y estamentos de la unidad. Reflexionaba sobre muchas cosas, desde la tecnificación de una unidad como es Cuidados Intensivos, pasando por la falta de humildad y de humanidad que se detectaba en esa unidad, como de la profesión de enfermería, de las relaciones personales que se establecen entre los miembros, así como del borreguismo que se apodera de la mayoría, de esa falta de mayoría de edad que un tal Kant insinuaba en un artículo que fue guía en la Ilustración. Pero por encima de todo intentaba reflexionar sobre la democracia y el hombre, y sus relaciones mutuas. Cómo la democracia conforma al hombre y como el hombre conforma la democracia. El diario acababa como acabó el sistema sanitario donde ella trabajaba. Los Hospitales públicos desaparecieron, se convirtieron en Fundaciones, y los cargos hospitalarios fueron sustituidos, al igual que ella, por licenciados en Ciencias Económicas. No llegó a demostrar ninguna tesis de las que partió, pero como ella misma indicaba al final de su diario, lo importante fue el camino que recorrió con muchas amigas de las que siempre se iba a acordar, y lo malo quedó en el camino como quedan las olas una vez que son de nuevo barridas por las siguientes olas.
     Me sorprendió el relato en la mediad que ví todo lo que ella hizo por comprender el mundo y nuestra profesión, no había desilusión al final del texto, sino una mezcla de sentimientos encontrados, de felicidad y alivio al terminar una etapa que ella consideró muy dura, y de nostalgia por toda la gente que había conocido. Consideraba que había perdido la batalla frente a las nuevas hordas de gestores económicos, donde el tema económico había premiado en todo momento  al humano. Pero había ganado la batalla de la vida, del aprendizaje y del conocimiento. Había robado, al igual que Prometeo, el fuego del conocimiento; los males fueron desatados de la caja de Pandora, pero como en aquella ocasión quedó la Esperanza, que es lo único que nos queda al ser humano, la mísera y a la vez enorme esperanza.

     Yo ya no tengo Supervisora en mi Unidad, ahora sólo tenemos Gestoras, que es como las llamamos hoy. No tienen ni idea de lo que es la presión intracraneal, ni quien es Florence Nightingale, no les hace falta para cumplir los objetivos económicos de cada unidad y cerrar los presupuestos de la empresa privada para la que trabajamos. Pienso que para Sofía fue duro ese cambio, pero como ella reconocía al final de su diario, fue la muerte de un sistema anunciado, todos lo mataron pero ninguno quiso reconocer su culpa. Aunque pensemos que no hacemos política, todas las acciones que hace el ser humano es política, aún esa misma de no hacer política. Los griegos tenían una palabra para aquellas personas que no se interesaban por lo público, por la política, eran idiotas. Bueno algo de eso somos hoy día en el fondo, pero empiezo a comprender que el fuego del conocimiento, ese virus, se ha instalado en mí disolviendo poco a poco el mineral del que está hecho mi cuerpo para que quede libre mi alma.

     Hoy he vuelto a ver a Julia, caminaba con un chico por la playa de Las Canteras, hacía un día especialmente hermoso. Supongo que no por nada en especial, sino por que la he vuelto a ver. He visto a esa persona, que sin ella saberlo, ha rehecho mi vida. Le ha dado un sentido al tener que levantarme cada día. Julia y yo estamos unidas más allá de los pocos metros que nos separan. He vuelto a ver en sus ojos la vida, he vuelto a ver en su mirada el reflejo de los míos. Gracias Julia.